Contenido

I. La empresa

II. Las razones del fracaso 

I

LA EMPRESA 

 

Lumumba, Fanon: estos dos grandes muertos representan a África. No sólo a sus respectivas naciones sino a todo su continente. Leyendo sus escritos, observando sus vidas, se les podría tomar por dos adversarios encarnizados. Fanón, martiniqués, biznieto de esclavo, abandona un país que en ese momento no ha tomado conciencia de la personalidad antillana y de sus exigencias. Se une a la rebelión argelina y combate, siendo negro, entre los musulmanes blancos: arrastrado con ellos a una guerra atroz y necesaria, adopta el radicalismo de sus nuevos hermanos, se convierte en el teórico de la violencia revolucionaria y señala en sus libros la vocación socialista de África: sin reforma agraria y sin nacionalización de las empresas coloniales, la independencia es una palabra inútil Lumumba, victima del paternalismo belga —sin élite, sin problemas— no posee, a pesar de su gran inteligencia, la cultura de Fanón; por el contrario, parece tener, a primera vista, sobre él, la ventaja de trabajar en su propia tierra por la emancipación de sus hermanos de color y de su país natal. El movimiento que organiza y del que se convierte en jefe indiscutible ha repetido cientos de veces que seria no violento y, a pesar de las provocaciones o de algunas iniciativas que siempre ha desaprobado, es por la no violencia por lo que se impone el M.N.C.[1] En cuanto a los problemas de estructura, Lumumba definió claramente su posición en sus conferencias en Présence Africaine: «No tenemos opción económica». 

Entendiendo por esto que las cuestiones políticas —independencia, centralismo— estaban en primer lugar, que era necesario lograr la descolonización política para poder crear los instrumentos de descolonización económica y social. 

Pero lejos de combatirse, esos dos hombres se conocían y querían. Fanón me habló con frecuencia de Lumumba; él, que con tanta rapidez reaccionaba cuando un partido africano se mostraba inseguro o reticente sobre la cuestión de cambio de estructuras, nunca le reprochó a su amigo congoleño el convertirse, aun involuntariamente, en el testaferro del neocolonialismo. Al contrario, veía en él al adversario intransigente a todo tipo de restauración de un imperialismo disimulado. Sólo le reprochaba —y podemos adivinar con qué ternura— esa inalterable confianza en el hombre que motivaron su fin y su grandeza. «Se le mostraban pruebas, me contó Fanón, de que uno de sus ministros lo traicionaba. Iba a verlo, le mostraba los documentos, los informes y le decía: «¿Eres un traidor?» Mírame a los ojos y respóndeme». Si el otro negaba, sosteniéndole la mirada, Lumumba concluía: «Está bien te creo». —Pero esa inmensa bondad que algunos europeos llamaban candidez, Fanón la consideraba nefasta en esa oportunidad: tomándola por sí misma, se sentía orgulloso de ella, veía en ella un rasgo fundamental del africano. 

Varias veces el hombre de la violencia me dijo: 

«Nosotros, los negros, somos buenos; nos horroriza la crueldad. Durante mucho tiempo creí que los hombres de África no luchaban entre ellos. Desgraciadamente, corre sangre negra, algunos negros la hacen correr, correrá todavía durante mucho tiempo: los blancos se van pero sus cómplices están entre nosotros, armados por ellos; la última batalla del colonizado contra el colono, será con frecuencia la de los colonizados, entre ellos». 

Lo sé: el doctrinario, como tal, veía en la violencia el ineluctable destino de un mundo que está liberándose; pero el hombre, dentro de sí, la odiaba. Las divergencias y la amistad de esos dos hombres señalan a la vez las contradicciones que devastan a África y la necesidad común de superarlas dentro de la unidad panafricana. Y cada uno hallaba dentro de sí esos problemas desgarradores y la voluntad de resolverlos. 

Sobre Fanón, todo está por decir. Pero Lumumba, más conocido, encierra sin embargo muchos secretos. Nadie ha tratado verdaderamente de descubrir las causas de su fracaso[2] ni por qué el gran capital y la banca, se encarnizaron contra un gobierno cuyo jefe no dejó nunca de repetir que no iba a tocar los capitales invertidos ni a solicitar nuevas inversiones. Para ese objeto servirán los discursos que vamos a leer: permitirán comprender por qué, a pesar de la moderación de su programa económico, el líder del M.N.C. era considerado como un hermano de armas por el revolucionario Fanón, como enemigo mortal por la Sociedad General.[3]

Se le ha reprochado jugar doble, triple juego. Ante un público exclusivamente congoleño se desbordaba; sabía calmarse si descubría blancos, entre los asistentes, alabando o criticando en forma hábil la cuestión; en Bruselas, ante los oyentes belgas se hacía prudente, encantador, y su primera preocupación era tranquilizar. Esto no deja de ser cierto, pero lo mismo puede decirse de todos los grandes oradores: juzgan rápidamente a su público y saben hasta dónde pueden llegar. Por otra parte, el lector podrá observar que si de un discurso a otro varía la forma, el fondo no cambia. Indudablemente Lumumba evolucionó: el pensamiento político del joven autor de «Le Congo, terre d'avenir, est-il menacé?» («¿Está amenazado el Congo, tierra de porvenir?») —escrito en 1956— no es el de un hombre joven y maduro que funda el M.N.C. Hubo un momento —sabremos por qué— en que pudo soñar con una comunidad belgocongoleña, pero a partir del 10 de octubre de 1958, su opinión, que no volvería a cambiar, es firme y declarada, la independencia se convierte en su único objetivo. 

Lo que más varía —en función del público— es su apreciación de la colonización belga. Insiste con frecuencia en sus aspectos positivos —con tanta complacencia a veces que se hubiera podido creer que se escuchaba a un colono: valoración del suelo y del subsuelo, obra educadora de las misiones, asistencia médica, higiene, etc. ¿Acaso no llega hasta agradecerle a los soldados de Leopoldo II haber liberado a los congoleños de los «Salvajes árabes» que hacían la trata de negros? En esos casos pasa por encima de la superexplotación, del trabajo forzado, de las expropiaciones de tierras, de las culturas impuestas, del analfabetismo mantenido deliberadamente, de las represiones sangrientas, del racismo de los colonos: se contenta con deplorar los abusos de algunos administradores o de los «pequeños blancos». Pero otras veces el tono cambia, como en el discurso grabado el 28 de octubre de 1959 y, sobre todo, en el del 30 de junio de 1960, en la famosa respuesta al rey Balduino.

 «Nuestras heridas están demasiado frescas y son demasiado dolorosas todavía para que podamos borrar de nuestra memoria lo que ha sido nuestro destino en 80 años de régimen colonialista... etc.». 

¿Es el mismo hombre quien habla? Ciertamente. ¿Miente? En lo absoluto. Pero si nos muestra una u otra de esas dos concepciones opuestas de la obra «civilizadora» de Bélgica, es que éstas coexisten en él y reflejan la profunda contradicción de lo que bien podemos llamar su clase. A pesar de ella, la explotación colonial ha dotado al Congo de estructuras nuevas. Empleando una terminología corriente, en los años cincuenta puede contarse un 78% de coutumiers[4] campesinos sometidos a las chefferies[5] a las luchas tribales, y un 22% de extracoutumiers[6] de los que la mayor parte vive en las ciudades. Por mucho que se empeñe la administración en mantener a la población en la ignorancia, no puede impedir el éxodo rural ni la proliferación urbana, ni la proletarización ni, entre los extracoutumiers, cierta diferenciación surgida de las necesidades de la economía colonial: está en formación una pequeña burguesía congoleña de empleados, de funcionarios y de comerciantes. Esa pequeña «élite» —ciento cincuenta mil personas de catorce millones— se opone a los rurales empeñados en sus rivalidades y tradiciones, dirigidos por «jefes» al servicio de la Administración ya que los obreros, violentos a veces, pero sin una verdadera organización revolucionaria, sólo tienen todavía una conciencia de clase embrionaria. La posición de la «pequeña burguesía» negra es muy ambigua en sus comienzos, puesto que cree aprovecharse de la colonización mientras que esa ventaja le permite medir la iniquidad del sistema. En realidad, sus miembros —la mayor parte de ellos muy jóvenes, puesto que ella misma es producto reciente de la evolución colonial— son reclutados por las grandes sociedades o la administración; todavía no pueden encontrarse, con treinta años, pequeñoburgueses de nacimiento. El padre de Lumumba es un campesino católico; desde los seis años lo lleva al campo, son los padres pasionistas los que deciden que el niño vaya a la escuela; más tarde, a los trece años, los misioneros protestantes logran ganárselo. En todo esto, el papel del padre y del niño parece nulo. Émile Lumumba recrimina a su hijo por haberse pasado, a los trece años, a la misión sueca. 

¿Pero, qué podía hacer? Todo ha sido decidido a pesar de ellos; los «Moopes»[7] querían hacer de él un catequista, los suecos, más prácticos, quieren darle un oficio que le permita abandonar el campesinado por un salario y poder vivir en su propia tierra, dentro de una de las aglomeraciones que los blancos han creado, como auxiliar de los colonos. Patricio pasó su infancia en la selva: conocemos la abominable miseria de los campesinos negros; sin las organizaciones religiosas que lo han tomado a su cargo, esa miseria sería su destino, su único horizonte. ¿Pudo comprender inmediatamente que las Misiones son los agentes reclutadores del colonato? Seguramente no. ¿Acaso vio que la vida rural es, directa o indirectamente, producto de la explotación colonial? Tampoco. En la época de su nacimiento, la administración valora las desventajas de la sujeción demasiado visible y del trabajo forzado. Trata de interesar al campesino en la producción, alienta la propiedad individual. Patricio toma la miserable independencia de su padre, dentro de la soledad del paisaje congoleño, por un estado natural: lejos de ser responsables de ello, los blancos son los señores buenos que van a sacarlo de esto. Seguramente en aquellos momentos le inculcaron extrañas ideas sobre su situación: la fe cristiana es el tributo que los jóvenes congoleños pagan a las iglesias que les enseñan a leer. Los Padres le provocaban una ambición tremenda por conocer su miseria por las causas y, simultáneamente, el deseo de resignarse. El señaló esa contradicción, más tarde, en un poema: 

Pour te faire oublier que tu étais un homme

On t'apprit a chanter les louanges de Dieu

Et ces divers cantiques, en rythmant ton calvaire

Te donnaient l'espoir en un monde meilleur

Mais en ton cœur de créature humaine, tu ne demandais guère

Que ton droit à la vie et ta part de bonheur[8] 

La religión humilla a la vez que emancipa. Y ofrece la salvación: el mundo mejor no es más que un pretexto, pero se ven forzados a enseñar que sólo se entrará en él por el mérito y no en función del color. Cualquiera que sea el esfuerzo de numerosos sacerdotes por disfrazarlo, el igualitarismo del Evangelio conserva su valor disolvente en las colonias. No sólo actúa sobre los catecúmenos sino también a veces sobre el mismo misionero: ya sea con la intención de prevenir un congreso del Partido Socialista de la Metrópoli, ya sea por convicción, o por las dos razones juntas, los Misioneros de Scheut aprobaron en 1956 el manifiesto de Ileó, «un evolucionado» de treinta y siete años que reclamaba la independencia —a largo plazo— del Congo. Cuando, a los dieciocho años, Patricio abandona la selva para ir a Kindu, donde la Compañía Symaf lo contrata como «auxiliar de oficina», refleja un hecho muy general del éxodo rural y de la etapa capital de una «toma de conciencia». Un joven campesino que ha leído a Rosseau y a Victor Hugo se encuentra de pronto con la ciudad; su nivel de vida se transforma radicalmente: iba a la escuela en taparrabo, va al trabajo con saco y corbata; vivía en una choza, vive en una casa y gana suficiente dinero para comprar y traer junto a sí a Pauline, su novia mututela, con quien se casa. Trabaja frenéticamente. Los blancos pretenden sentirse sorprendidos de su capacidad de trabajo: según ellos los congoleños son generalmente haraganes. Pero los obtusos colonos no comprenden que la famosa «pereza del indígena», mito alimentado en todas las colonias, es una forma de sabotaje, la resistencia pasiva de un campesino, de un peón superexplotado. Por el contrario, el frenesí de Patricio lo sitúa durante cierto tiempo dentro de la categoría de aquéllos a quienes más tarde llamaría «colaboradores». Ahora ese hijo de campesino es un «evolucionado»; solicita una «carta de matrícula»[9] y la obtiene con dificultad —hay 150 matriculados en todo el territorio— gracias a la intervención de los blancos: esto significa que él apuesta por ellos; ha tomado conciencia de su importancia, de la joven «élite» que se forma por todas partes. Los «evolucionados» forman una capa social que crece lentamente y que es el auxiliar indispensable de las grandes compañías y de la administración. Negro, Patricio Lumumba extrae su poderoso orgullo de sus funciones, de la instrucción recibida, de los libros leídos, de la desconfianza vagamente diferente de que lo rodean los blancos. Es precisamente en esa extraordinaria y común metamorfosis en lo que piensa cuando más tarde expone los beneficios de la colonización. 

Pero su toma de conciencia es doble y contradictoria: al mismo tiempo que disfruta de su ascenso, de la estima amable de sus superiores, se da cuenta de que ya a los veinte años ha alcanzado su cénit. Aunque esté por encima de todos los negros, permanecerá siempre por debajo de todos los blancos. Claro que puede ganar más, hacerse, después de cierto aprendizaje, empleado de correos de tercera clase, en Stanleyville. ¿Y qué? Con una preparación igual y por el mismo trabajo, un empleado belga gana el doble de su salario; además, Lumumba sabe muy bien que después de ese fulminante arranque, la liebre se ha convertido, de pronto, en tortuga: necesitará veinticuatro años para llegar a ser empleado de primera clase, después de lo cual permanecerá allí hasta el retiro. Pero, de entrada, ese puesto subalterno está ocupado por el europeo que de ahí puede pasar a empleos más altos. En la Fuerza Pública sucede lo mismo: \m «negro» no puede ir más allá del grado de sargento. Lo mismo en el sector privado. Los blancos lo han elevado al nivel que deseaban y luego lo mantienen allí: su destino está en manos de los demás. El prueba su condición en el orgullo y en la alienación. Por encima de su situación personal adivina la lucha de clases desnuda; a los treinta y un años escribiría: 

«Existe un verdadero duelo entre empleadores y empleados con motivo de los salarios».

 Pero los asalariados «evolucionados» no son el proletariado: las reivindicaciones de Lumumba se basan en la conciencia de su valor profesional —como las de los anarcosindicalistas en Europa, a fines del siglo pasado— y no en la necesidad que crean, en todas partes, las exigencias de los proletarios y del subproletariado. Más o menos en el mismo momento se da cuenta —sobre todo en Leopoldville— que lo han mistificado: su «matrícula», que tanto trabajo le ha costado, lo separa de los negros, sin asimilarlo a los blancos. Como los «noevolucionados», el matriculado no tiene derecho a entrar en la ciudad europea a menos que trabaje allí; igual que ellos, no escapa al toque de queda; se los encuentra, cuando hace las compras, en la taquilla especial reservada a los negros; como ellos, es víctima, en toda oportunidad, en todo lugar, de prácticas segregacionistas. Pero debe señalarse que el racismo y la segregación son, para él, una experiencia nueva; en la selva donde la miseria y la subalimentación tienen carta de naturaleza y se puede adivinar la verdad de las colonias que es la superexplotación, pero el racismo no puede verse, puesto que no existe contacto entre negros y blancos: el paternalismo amable de los misioneros ha podido crearle ilusiones; las prácticas discriminatorias se descubren en las ciudades, ellas constituyen la vida cotidiana del colonizado. Pero es necesario hacer una aclaración: el proletariado, derrengado, mal pagado, padece mucho más la superexplotación que la discriminación racista que es su consecuencia. 

Cuando Lumumba denuncia, el 30 de junio de 1960: 

«El trabajo agotador exigido a cambio de salarios que no nos permitían saciar nuestra hambre ni vestimos o alojamos decentemente, ni educar a nuestros hijos...» 

habla en nombre de todos. Pero cuando añade: 

«Hemos conocido que había en las ciudades casas magníficas para los blancos y chozas miserables para los negros, que no se admitía nunca a un negro ni en los cines, ni en los restaurantes, ni en las tiendas llamadas europeas; que un negro tenía que viajar en el casco de los barcos a los pies del camarote de lujo de los blancos» 

es la clase de los «evolucionados» quien habla por su voz. Y cuando escribe, en 1956, que «la matrícula debía ser considerada como la última etapa de integración», defiende los intereses de un puñado de hombres contribuyendo con ello a separarlos de la masa. De hecho, los intereses de esta élite, creada por los Belgas, exigen una asimilación cada vez mayor: igualdad de los blancos y los negros en el mercado de trabajo, acceso de los africanos a todos los puestos en la medida en que reúnan las capacidades requeridas. Como vemos, lo que reivindica no es la africanización de los cuadros sino su semiafricanización. ¿No es de temer en ese caso que los negros admitidos en los puestos superiores se conviertan en cómplices de la opresión colonial o por lo menos en sus rehenes? Lumumba no está todavía consciente del problema. De hecho, en el mismo año en que Ileó exige en su manifiesto la independencia por etapas, Patricio está todavía trazando un esbozo de una «comunidad belgocongoleña». Dentro de esa comunidad pide la igualdad de los ciudadanos. Pero esa igualdad dentro de algún tiempo sólo jugará en favor de los «evolucionados»; 

«Creemos que en un futuro relativamente cercano, sería posible otorgar derechos políticos a las élites congoleñas y a los belgas del Congo, siguiendo determinados criterios establecidos por el Gobierno». 

Sin embargo, desde aquella época, es enemigo de aquellos a quienes más tarde designaría como «colaboradores». Es que experimenta hasta el fin la contradicción de su clase: creada en todos sus aspectos por las necesidades de la colonización, sabe que las empresas del capitalismo belga...............................

 

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