ENRIQUE IBSEN

 

I

Con la persona de Enrique Ibsen, nacido en el año 1828, desapareció una de las más descollantes y atrayentes figuras de la Literatura Universal Contemporánea. Como dramaturgo, era casi superior a todos sus contemporáneos.

Ciertamente, aquellos que lo comparan con Shakespeare, caen en una notoria exageración. Como obra de arte, sus dramas, no podrían alcanzar la altura de los dramas shakesperianos, aun en el caso en que poseyera la fuerza colosal del talento de Shakespeare. Aun así, se notaría en ellos la falta del elemento artístico, diría más, serían casi antiartísticos. Quien haya leído atentamente los dramas de Ibsen, habrá observado en ellos la presencia de este elemento. ¥ precisamente, debido a este hecho, sus dramas, que generalmente suscitan un interés vibrante, se tornan, en parte, casi tediosos.

Si yo fuera contrario a lo ideológico en el arte, diría que la presencia de dicho elemento en los dramas de Ibsen se explicaría por la circunstancia de estar saturados de elementos ideológicos. A primera vista, una objeción de esta índole, podría impresionar como muy acertada.

Pero sólo a primera vista podría impresionar como acertado Luego de un detenido examen, habría que rechazar como inconsistente una explicación de esta naturaleza.

¿Qué es lo que pasa? Es lo siguiente...

René Dumik, ha dicho con razón que el rasgo característico de Ibsen como artista, consiste en “su inclinación por lo ideológico, su inquietud moral, el interés por las cuestiones de la conciencia, la necesidad de observar todos los fenómenos de la vida cotidiana, desde el punto de vista general”. Pero este rasgo, esta presencia de ideario, no sólo no significa defecto por sí misma, sino que por el contrario, constituye su gran mérito.

Precisamente por esta característica, amamos no sólo los dramas de Ibsen, sino a él mismo. Precisamente debido a esta característica, él tuvo derecho a decir, como lo hizo en una carta a B’Ernson, de fecha 9 de diciembre de 1867, que él dirigió seriamente su vida[1]. Y por fin, gracias a su misma característica, se convirtió, como bien lo expresa el mismo Dumik, en uno de los más grandes maestros de la “rebelión del espíritu humano”[2].

La prédica de la “rebelión del espíritu humano”, no excluye por sí misma, lo artístico. Más es necesario que sea clara y consecuente, hace falta que el predicador sepa discernir entre las ideas que está predicando, que se haga carne y sangre suya, que no lleguen a confundirlo ni a desconcertarlo en los momentos de su creación artística. Si esta condición imprescindible falta, si el predicador no alcanza a hacerse dueño absoluto de sus ideas, si éstas, además, no son claras y consecuentes, entonces, el elemento ideológico se reflejará negativamente sobre la obra de arte, confiriéndole frialdad y tedio. Pero tengan en cuenta que no son las ideas las que introducen esos elementos mencionados, sino el artista que no supo discernir, o porque por una razón u otra no ha seguido sus ideas hasta el fin. Lo que significa que: contrariamente a lo que parecía a primera vista, el hecho, no reside en lo ideológico sino que, por el contrario, en la falta de ideología,

La prédica de la “rebelión del espíritu humano”, introdujo en la creación de Ibsen, elementos de grandiosidad y atracción. Empero, mientras predicaba tal “rebelión”, él mismo no sabía hacia donde iba. Por esta razón, como ocurre en estos casos, nuestro autor desea la “rebelión”, por la rebelión mismo, y cuando el hombre, no ve claramente en qué terminará la rebelión, su prédica se hace necesariamente “confusa”. Y si sus ideas se plasman en imágenes, lo confuso de su prédica conducirá inevitablemente hacia una falta de relieves de las mismas. Dentro de sus obras de arte, irrumpirá un elemento abstracto y esquemático, que siendo ciertamente negativo, se hace presente en todos los dramas ideológicos de Ibsen, en menoscabo de su obra.

Tomaremos como ejemplo a Brand. Dumik considera a la ideología de este personaje como revolucionaria. Y ella indudablemente se nos ofrece como tal, por cuanto se “rebela” contra la mediocridad, la cursilería, y la pusilanimidad. Brand es el enemigo inconciliable del oportunismo, en este aspecto se asemeja a un revolucionario. Pero solo se asemeja en ese aspecto. Escuchen cómo arremete en sus arengas:

¡Almas jóvenes y briosas, síganme!

¡su vivo aliento barrerá el polvo de este

rincón pestilente!

¡Yo os conduciré a la victoria!

Tarde o temprano han de despertar

para hacerse más puros y nobles,

las cadenas de los prejuicios, rompan.

¡Entonces, evádanse rápido

de los lazos pusilánimes,

del lodo de lo ambiguo!

¡Arremetan contra el enemigo

con vigor

luchen a muerte con él! [3]

No está mal. Los revolucionarios aplauden con ganas semejantes discursos[4]. ¿Más dónde está el enemigo contra el que “habrán que arremeter con todas las fuerzas”? ¡Por qué causa es necesario luchar contra él a muerte? ¿En qué consiste el 'todo” contra al cual Brad, en su fogoso discurso opone la “nada”?

Brand mismo, no lo sabe. Por eso, cuando la multitud le grita: “¡Condúcenos, todos te seguiremos!”, él sólo es capaz de ofrecerles un programa de acción semejante:

En las alturas,

sobre las congeladas olas

de los témpanos,

abajo, cruzando valles y poblados,

atravesaremos la tierra

a lo largo y a los ancho

desataremos lazos y nudos,

liberando las almas prisioneras,

las renovaremos, las purificaremos,

borraremos las huellas de

laxitud y pereza,

nos haremos hombres, pastores de verdad,

el viejo acuño renovaremos,

y el Estado transformaremos en un templo. [5]

Veremos qué resulta de ello.

Brand propone a sus oyentes que rompan las cadenas de los compromisos y actúen enérgicamente. ¡En qué consistiré esta acción? En la renovación y purificación de las almas que quedaron prisioneras, en borrar de ellas, todas las huellas de laxitud y pereza, es decir, enseñando a todos los hombres a romper las cadenas de los compromisos, ¿y qué sucederá luego que rompan esas cadenas? Esto no lo sabe ni Brand, ni el mismo Ibsen, como consecuencia, la lucha con los compromisos se convierte en una objetivo en sí mismo, es decir, carece de todo objetivo. La descripción de esta lucha en el drama —el viaje de Brand y la multitud— que los siguen “a las alturas, sobre las congeladas olas”, no resulta muy artístico, más bien antiartístico. No sé qué impresión les ha causado a ustedes. A mí me recordó a Don Quijote, las observaciones escépticas que la multitud cansada le hace a Brand, me hacen acordar de las objeciones que Sancho Panza le hace a su Caballero. Pero Cervantes se ríe mientras Ibsen predica seriamente. Por ello, la comparación está muy lejos de favorecer a este último.

Ibsen, es atrayente por su “inquietud moral”, por su interés por las cuestiones de la conciencia, por el carácter ético de su prédica. Pero su moral es tan abstracta y por lo tanto, tan falta de contenido, como la moral de Kant.

Kant decía que si uno le pregunta a la lógica: ¿Qué es lo verdadero? y se empeña en obtener una respuesta a esta pregunta, resultará un cuadro muy risueño que haría recordar por un lado a un hombre que se propone ordeñar a un macho cabrío, y por el otro, a otro hombre arrimando un colador para recoger la leche.

En este sentido, Hegel observa, con razón, que otra situación igualmente risueña resultaría la de que una persona le preguntara a la razón pura sobre qué es el derecho y el deber, procurando responder la pregunta con la ayuda de la misma razón.

Kant vio el criterio de la ley moral, no en el contenido sino en la forma de la voluntad. No ya en lo que deseamos, sino en cómo lo deseamos.

De acuerdo con Hegel tal ley “sólo indica lo que no se debe hacer, pero no dice... lo que hay que hacer. Él es absoluto, pero no positivo, sino “negativo”. Afecta carácter indefinido e infinito, mientras que la ley moral en su esencia debe ser absoluta y positiva por ello, la ley moral de Kant, no afecta carácter moral”[6].

Del mismo modo, no posee carácter moral aquella que predica

Brand, debido a su vacuidad, resulta completamente deshumanizada, lo que es evidenciado, por ejemplo, en la escena en que Brand exige a su esposa que en nombre de la caridad se desprenda de un gorrito que llevaba su criatura al morir y que ella guardaba sobre su pecho, empapándolo con sus lágrimas. Y cuando Brand predica esta ley deshumanizada precisamente por su esterilidad, él está “ordenando el macho cabrío”, y cuando Ibsen nos presenta esta ley, hecha imagen, hace recordar al hombre que arrima el colador procurando ayudar a la tarea de ordeñar.

Ciertamente me podrán decir que el mismo Ibsen hace una corrección efectiva en la prédica de su héroe.

Cuando Brand muere aplastado por un alud de nieve, siente una “voz” que le grita, que Dios es caritativo. Pero esta corrección, no cambia nada. No obstante eso, la ley de lo moral permanece como objetivo, en sí mismo, a los ojos de Ibsen. Y si nuestro artista hubiese elegido un personaje que predicase caridad, su prédica resultarla no menos abstracta que la que hace Brand. Resultaría solo una variante de la misma naturaleza a la que pertenecen el constructor Solnes, el escultor Rubek (“Cuando nosotros los muertos, despertamos”) y Rosner y también, aunque parezca extraño decirlo, el comerciante, en quiebra: Jhon Gabriel Borinnan, antes de morir.

El hecho de que todos ellos tiendan a las alturas, sólo atestigua que Ibsen, no sabe hacia donde deben tender. Todos ellos, están ordeñando al macho cabrio.

Me responderán: Pero si “son símbolos”. “¡Desde luego!, toda la cuestión reside en el hecho por el cual Ibsen tenía que recurrir a símbolos. Y es éste un interrogante de mucho interés”.

“El simbolismo —dice un francés admirador de Ibsen[7]—, es la forma del arte, que al mismo tiempo satisface nuestro deseo de representar la realidad como también nuestros deseos por salirse de sus límites. Nos da lo concreto juntamente con lo abstracto”. Pero en primer lugar, aquella forma del arte que nos brinda lo concreto, juntamente con lo abstracto no es perfecto, en la misma medida en que una viva imagen en el arte, palidece y se desvitaliza, a consecuencia de mezclarse con lo abstracto, en segundo lugar, ¿para qué lo abstracto necesita de esta mezcla? De acuerdo al sentido de la idea recién citada, resultaría que es necesaria para salirse de los límites de la realidad, más, fuera de los límites de una realidad determinada, pues siempre tenemos que ver con una “realidad determinada”. El pensamiento puede evadirse por dos caminos: en primer lugar por el camino de los símbolos que nos conducen a la región de lo abstracto; y en segundo por el mismo que la realidad misma —la realidad del día de hoy—, desarrollando con sus propias fuerzas su propio contenido, que se evade de sus límites sobreviviendo a sí misma y creando la base para una realidad del futuro.

La historia de la literatura demuestra que el pensamiento humano se evade de los límites de una realidad determinada; a veces por el primero, a veces por el segundo camino. Elije el primero cuando no es capaz de comprender el sentido de una realidad dada, por lo tanto no está en condiciones de determinar la dirección de su evolución, por el segundo lo hace cuando consigue resolver este difícil y hasta insoluble problema y cuando —de acuerdo a bellísima expresión de Hegel— se encuentra en condiciones de pronunciar las palabras mágicas que evocan la imagen del futuro. Pero la capacidad de pronunciar “palabras mágicas”, es signo de fuerza, mientras que la incapacidad para hacerlo, lo es de debilidad. Y cuando en el arte de una sociedad determinada se evidencia la tendencia hacia el simbolismo, es un síntoma seguro de que el pensamiento de esta sociedad o bien el de una clase de dicha sociedad, la que imprime su sello en el arte, no es capaz de penetrar en el sentido del desarrollo social que ante ella se está cumpliendo. El simbolismo, es algo así como un certificado de indigencia. Cuando el pensamiento está dotado de una comprensión de la realidad, no tiene ninguna necesidad de evadirse en el desierto del simbolismo.

Dicen que la literatura y el arte constituyen un espejo de la vida social. Si esto es cierto y no hay ningún lugar a dudas, de que es justamente así, entonces resulta claro que la tendencia al simbolismo —a este “certificado de pobreza del pensamiento social”— tiene sus causas en tal o cual estructura de las relaciones sociales, en tal o cual marcha del desarrollo social: la conciencia social, es determinada por la forma de la existencia social.

¿Cuáles podrían ser estas causas? A esta pregunta quisiera contestar precisamente, por cuanto se refiere a Ibsen, Pero antes desearía tener a mi disposición suficientes datos que demuestren que no me faltaban razones cuando decía que Ibsen lo mismo que su Brand, no saben qué es lo que deben ambicionar los hombres, que hayan decidido “romper con la cadena de los compromisos” y que la ley moral que él predica, carece de todo contenido preciso.

Veremos cuales fueron los conceptos sociales de Ibsen.

Es sabido que los anarquistas lo consideran uno de los suyos o casi de los suyos.

Brandes afirma que una de los “lanzabombas” en sus palabras de defensa que pronunció ante el jurado se apoyaba en Ibsen[8]. No sé a qué “lanzabombas” alude Brandes. Pero unos años atrás, asistiendo en un teatro de Ginebra a una representación de El doctor Stokmam, yo mismo he visto con cuánta simpatía un grupo de anarquistas allí presentes escuchaba las tiradas ardientes del honrado doctor contra “la mayoría compacta” y contra el derecho de elección general. Y bueno, fuerza es reconocer que dichas tiradas recuerdan efectivamente, los razonamientos anarquistas, como así también algunos conceptos del mismo Ibsen. Recuerden por ejemplo como odiaba al Estado. Él escribía a Brandes, que gustoso tomaría parte en una revolución dirigida contra esta institución tan odiosa para él[9]. O lean su poesía: ‘'A mi amigo el orador revolucionario”. De ella se desprende que Ibsen reconoce, como digna de simpatía una sola revolución: El Diluvio Universal. Pero aún entonces “El Diablo fue engañado porque Noé como se sabe, permaneció dominando las olas”. Hagan tabla rasa[10] exclama Ibsen, y estaré con vosotros. Esto esté dicho al estilo anarquista. Podría pensarse que Ibsen había leído en abundancia las obras de Bakunin.

Pero no se apresuren, en base a estas manifestaciones, a considerar a nuestro dramaturgo como anarquista. Idénticos discursos, tenían un sentido muy distinto en boca de Bakunin por un lado, y de Ibsen por el otro. El mismo Ibsen que dice que está dispuesto a tomar parte en una revolución dirigida contra el Estado, hace entender en forma nada ambigua, que a su modo de ver, las formas de las relaciones sociales no tienen importancia. Sólo importa “la rebelión del espíritu humano”. En una de sus cartas a Brandes, Ibsen dice: que reconoce como la mejor forma política a nuestro régimen político ruso, pues éste provoca en los hombres un deseo vehemente de libertad. Resultaría que para los intereses de la humanidad, habría que eternizar ese régimen. Todos aquellos que aspiren a suprimirlo, pecarán contra el espíritu humano. M. A. Bakunin, por supuesto, no estaría muy de acuerdo con esto.

Ibsen reconocía que el Estado de Derecho actual posee algunas ventajas comparado con un estado policíaco, pero que estas ventajas sólo tienen importancia desde el punto de vista del ciudadano y que el hombre no tiene necesidad' de ser ciudadano. Aquí Ibsen se aproxima completamente a la indiferenciación política y no es de extrañar que el enemigo del Estado e incansable predicador de la “rebelión del espíritu humano”, hizo las paces gustoso con una de las formas de estado menos simpática que la historia conoce: se sabe que él lamentaba sinceramente, que el ejército italiano hubiese ocupado Roma, vale decir, produciendo la caída del poder mundano de los Papas[11].................

 

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