ÍNDICE
9 PREFACIO A LA EDICIÓN EN ESPAÑOL
11 RECONOCIMIENTOS
13 1. INTRODUCCIÓN: SOBRE LA IDEOLOGÍA
53 2. ADAM SMITH
79 3. DAVID RICARDO
111 4. LA REACCIÓN CONTRA RICARDO
137 5. JOHN STUART MILL
155 6. KARL MARX
185 7. LA REVOLUCIÓN JEVONIANA
231 8. SE REABRE EL DEBATE
269 9. UNA DÉCADA DE INTENSA CRÍTICA
290 NOTA AL PUNTO II DEL CAPÍTULO 9
297 BIBLIOGRAFÍA
303 ÍNDICE ANALÍTICO
Teoria del valor y de la distribucion desde Adam Smith
1. INTRODUCCIÓN: SOBRE LA IDEOLOGÍA
I
El debate en torno de la cuestión denominada el elemento “ideológico” en la teoría económica (y en general en la teoría social) ha ido creciendo en los últimos tiempos. Sería tedioso, al ingresar al mismo en esta etapa, embarcarse en la genealogía y búsqueda de una definición única y precisa del término. Del mismo es suficiente decir, por el momento, que si bien guardó una relación estrecha con la “falsa conciencia” hegeliana —que sirve para obstruir la visión que el hombre, tiene de sí mismo y de sus condiciones de existencia— no debe tomarse de inmediato como un sinónimo de la misma y aun menos referirlo en forma exclusiva al elemento ilusorio en el pensamiento (como algunos, por cierto, lo han usado). Sin duda su alusión central se refiere al carácter de relatividad histórica de las ideas, sea que éste se considere nada más que un elemento o aspecto de las mismas o las caracterice en su integridad. Pero tal relatividad histórica puede abarcar a ambas, percepción interior y parcialidad,[1] y esto se deriva quizá de la propia naturaleza de la situación de manera tal como para desafiar cualquier separación analítica completa. De todos modos, será esta referencia la que tendremos principalmente en cuenta en lo que sigue. Quizá sea innecesario añadir que cuando se utiliza la palabra “ideología” ella debe referirse al total de un sistema de pensamiento o conjunto coordinado de opiniones e ideas —que forman un armazón— o a un grupo de un nivel más alto de conceptos conexos destinados a lograr nociones más específicas y particulares, análisis, aplicaciones y conclusiones. Como tal, dicha palabra estará relacionada generalmente con ciertas actividades y políticas, pero no siempre de una manera simple, obvia o directa; y para quienes manejan la discusión a un nivel más alto (o más general) la relación puede no ser siempre plenamente consciente y aun menos explícita. En su acepción más general una ideología constituye o implica un punto de vista filosófico, en nuestro contexto presente una filosofía social, siempre que no se le atribuya una connotación demasiado formal o metodológica.
En el campo de la economía política o de la teoría económica, el papel de la ideología (y en forma implícita su definición) ha sido tratado de diversas maneras. En primer lugar, ha sido contrastada con la esencia científica del tema, llegándose a considerar a la ideología, por implicación, como la mezcla o acrecencia de postulados éticos y de los llamados “juicios de valor”. De esta manera resulta un elemento extraño en la que debería ser designada como una investigación objetiva y “positiva”, el cual, aunque de manera inevitable invade la forma de pensar sobre los asuntos prácticos de la mayor parte de la gente, merece ser purificado por un análisis más riguroso y definiciones más precisas. Por lo tanto, la proposición de que en un mercado competitivo los factores de producción forman su precio de acuerdo con su productividad marginal o incremental, se contrapone algunas veces con la afirmación de que la gente debe ser recompensada de acuerdo con sus contribuciones a la producción, y se repudia esto último como una intrusión no científica; o, más aún, las teorías respecto de cómo se determina en los hechos la distribución del ingreso se contrastan con postulados referidos a lo que idealmente debería ser. Algunas veces, aunque se conserve en una teoría o en una doctrina este contraste entre el elemento ideológico y el científico, los límites de lo ideológico se extienden hasta incluir otras clases de afirmaciones que las puramente éticas. Las encontramos, por ejemplo, con el nombre de proposiciones[2] “metafísicas”, las cuales no tienen cabida apropiada en una teoría científica, puesto que no se las puede testear 0 desaprobar; sin embargo, desempeñan una función: la de persuadir a la gente para que adopte determinadas actitudes y lleve a cabo ciertas actividades:
Joseph Schumpeter, quien entre los economistas modernos ha hecho quizá la más completa y seria contribución al debate, ha adoptado una actitud más bien diferente —podría decirse tal vez menos simplista— con respecto a esta cuestión.[3] Lo que él ha separado con toda precisión y ha denominado en forma pertinente, “visión" —la visión, por ejemplo, de la forma compleja de la realidad y de la naturaleza de los problemas que confronta la humanidad en cualquier situación histórica dada—, es, inevitablemente, ideológica. Por lo tanto, la ideología “se inserta en el primer plano, dentro del acto cognoscitivo preanalítico” y con el necesario comienzo de la teorización penetra . el material provisto por nuestra visión de las cosas”; “esta visión es ideológica casi por definición”, puesto que “incorpora la descripción de las cosas tal como las vemos".[4] La razón que se aduce para ello parece ser en menor medida la perspectiva del acondicionamiento histórico del observador —dado que éste se encuentra limitado en forma inevitable por el tiempo, el lugar y la posición que ocupa en la sociedad— que el compromiso emocional que impulsa a los hombres a formarse imágenes placenteras de sí mismos y de su especié; el hecho es que, “la forma en que vemos las cosas puede distinguirse con dificultad de la forma en que deseamos verlas” (aunque se añade que “para la emergencia eventual de alguna cosa para la cual se puede reclamar una validez general, cuanto más honesta e ingenua es nuestra visión, más arriesgado resulta”). De aquí, Schumpeter llega a la conclusión de que, mientras la “Economía política” y el "Pensamiento económico” deben en general[5] estar condicionados ideológicamente casi en forma inevitable, el “análisis económico” propiamente dicho, puede ser tratado como algo independiente y objetivo; es decir como un fuerte núcleo de técnicas e instrumentos formales, gobernados por patrones y reglas suprahistóricos, a fin de ser discutidos y apreciados en forma independiente y con los que se puede componer una historia separada. que responda, sin ambigüedades, a problemas tales como el de si y "en qué sentido se ha verificado ‘progreso científico’ entre Mill y Samuelson”.[6]
Este punto de vista de Schumpeter, calificado y delimitado como lo está por numerosas reservas, se vincula con el punto de vista del análisis económico, más tosco y más honrado de la “caja de herramientas” que es (al menos en su forma moderna) puramente instrumental y que concierne a las técnicas susceptibles de aplicación a una amplia variedad de propósitos y situaciones. Como tal, no tiene interés en los juicios normativos y no se ocupa de los propósitos específicos a los cuales se aplica, ya sea para clarificar los problemas de un monopolio que extrae beneficios, o los de aquellos otros de los planificadores en una economía socialista. Esta concepción del papel que desempeña el economista puro ha sido promovida, como es natural, por la moda de plantear las proposiciones en economía por medio de modelos y formas matemáticas, hasta el punto de haber depurado la materia de nociones, elementos o relaciones que no sean susceptibles de ser cuantificadas y expresadas en un sistema de ecuaciones.
De este intento de separar la técnica económica de su producto es por cierto adecuado decir simplemente esto: o bien el "análisis” del cual habla Schumpeter es una estructura puramente formal, sin ninguna relación con los problemas económicos o con conjuntos de interrogantes a los cuales se les está destinando esa estructura como respuesta (o como, ayuda para responder) —en cuyo caso no constituye un conjunto de’ afirmaciones o proposiciones con contenido económico alguno— o bien se trata de un sistema lógico diseñado para ser el vehículo de determinadas afirmaciones respecto de los fenómenos o actividades económicas. Si se trata de lo primero, no puede en verdad identificarse con la historia de las teorías económicas, como las que nos ocupan en este trabajo, porque estas teorías, como lo veremos, están muy interesadas en las proposiciones económicas, aunque a un nivel relativamente general. Si se trata de la segunda de las alternativas que hemos establecido es seguro que no puede separarse de las respuestas a los interrogantes que formula y por lo tanto de la forma real (o supuesta) de los problemas económicos que está destinado a tratar; esto, no obstante lo “rarificada” o abstracta que pueda llegar a ser la estructura de la proposición. En este caso es imposible pretender para ella la “independencia” del contenido y significado económico de las proposiciones que están condicionadas ideológicamente (según lo admite el propio Schumpeter) y por ende es imposible considerarla como supraideológica. El análisis y la generalización teóricos se construyen en forma invariable sobre la base de una clasificación en el sentido de utilizar lo que primero ha sido clasificado como sus unidades materiales o de cálculo; ¿y qué es la clasificación sino un trazado de límites entre objetos discretos, que a su vez se derivan del patrón estructural que uno entiende (o cree haber descubierto) en el mundo real? El propio Schumpeter aclara esto en su misma definición de “Visión” —“lo que viene primero en cualquier aventura científica”— cuando enfatiza que, “antes de embarcarse en un trabajo analítico de cualquier naturaleza, se debe seleccionar el conjunto de fenómenos que se desea investigar, y adquirir, “intuitivamente" una noción preliminar de cómo permanecen éstos cohesionados, o en otras palabras, de lo que desde nuestro punto de vista parecen ser sus propiedades fundamentales”.[7]
Decir esto no es negar que...............................






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