INDICE

Prólogo a la presente edición. «Nuestro Norte es el Sur»

Introducción. A nuestros enemigos


1. Estado, máquina de guerra, moneda


2. La acumulación originaria continua

     La guerra contra las mujeres

     Guerras de subjetividad y modelo mayoritario

     Liberalismo y colonización: el caso Locke 

     Foucault y la acumulación originaria

     Genealogía colonial de las disciplinas de la biopolítica

     El racismo y la guerra de razas

     La guerra de/en la economía-mundo

     La acumulación originaria en discusión

3. La apropiación de la máquina de guerra

     El Estado de la guerra

    El arte de la guerra en Adam Smith

4. Dos historias de la Revolución francesa

    La Revolución francesa de Clausewitz

    La revolución negra

5. Biopolíticas de la guerra civil permanente

    El secuestro temporal de la clase obrera (y de la sociedad toda)

    La formación del grupo familiar

    El adiestramiento subjetivo no es ideológico

6. La nueva guerra colonial

7. Los límites del liberalismo de Foucault

8. La primacía de la apropiación, entre Schmitt y Lenin

9. Las guerras totales

    La guerra total como reversibilidad de las colonizaciones internas y externas

    La guerra total como guerra industrial

    La guerra y la guerra civil contra el socialismo(y el comunismo)

    La «paradoja» del biopoder

    Máquina de guerra y generalización del derecho a matar

    Warfare y welfare

    El keynesianismo de guerra

10. Los juegos de estrategia de la Guerra fría

    Cibernética de la Guerra Fría

    El montaje de la Guerra Fría

    El Detroit de la Guerra Fría

    Los bastidores del American way of life

    El business de la Guerra Fría

11. Clausewitz y el pensamiento del 68

    Distinción y reversibilidad del poder y de la guerra

    La máquina de guerra de Deleuze y Guattari

12. Las guerras fractales del capital

    El poder ejecutivo como dispositivo «político-militar»

    La realización de la máquina de guerra del capital

    Las guerras dentro de las poblaciones

     El marxismo heterodoxo y la guerra

     La guerra del Antropoceno no ha tenido lugar (todavía)

     Máquinas de guerra

Agradecimientos 

PRÓLOGO A LA PRESENTE EDICIÓN «NUESTRO NORTE ES EL SUR»

 

Pese a ser objeto de la negación del pensamiento crítico contemporáneo, las guerras y las revoluciones, las revoluciones y las contrarrevoluciones determinan las rupturas, los puntos de inflexión, el principio y el fin de las grandes secuencias políticas de las que forman el único «medio». Así es como la enésima derrota del ejército más poderoso del mundo (y de sus aliados) marca el final del sueño hegemónico de Estados Unidos sobre el planeta. Incluso si, muy a la izquierda, pudo confundirse el principio del fin del «siglo estadounidense» con la fundación posmoderna del Imperio (sic); y confundirse también la gobernanza de la guerra social global con la «gubernamentalidad a través de la crisis» del capitalismo cognitivo sobre las «multitudes».

In fine, los estadounidenses pueden seguir siendo la potencia motriz de Occidente, pero no por eso están menos agotados políticamente por la globalización que ellos mismos pusieron en marcha para asentar su potencia de dominación económico-militar y sofocar los riesgos de una «revolución mundial» en la larga posguerra. La máquina de guerra y de captura de la financiarización que se ejerció a expensas del mundo en su totalidad produjo, en suelo estadounidense, polarizaciones capaces de conducir a una guerra civil cada vez menos latente, que la elección de un demócrata en la Casa Blanca no alcanza a contener. La mundialización, que en realidad no es más que una nueva forma de colonización implementada para captar los ingresos necesarios para sostener el American way of life, nos está precipitando hacia la «extinción» como primera y última verdad de la «aceleración». El capitalismo no produce solamente crisis, y una crisis continua o continuada,[1] sino también catástrofes sanitarias, ecológicas, sociales, económicas, políticas. No hay modo de producción que no sea, al mismo tiempo, y en la larga duración del capitaloceno, un modo de destrucción.

La pandemia está en la encrucijada de todos los impases, de todas las imposibilidades del capitalismo; es su manifestación inmediatamente «patentada». Es la proyección más clara de la destrucción de las sociedades occidentales llevada adelante por la «agentividad» del neoliberalismo. Hija del saqueo sistemático de la naturaleza y de lo viviente, la pandemia manifiesta la fuerza destructiva de la afirmación de Thatcher según la cual «la sociedad no existe, solo hay individuos». Aun así, para que no queden dudas, hay que desmantelar la sociedad vendiéndola al detalle. El coronavirus circula infiltrándose y explotando lo que el neoliberalismo niega y reprime, a saber, que estamos relacionados unos con otros de forma indisoluble, en una «cooperación» en la que todo el mundo depende de todo el mundo, y del «todo» del mundo. Un internacionalismo viral, y nada menos que desde abajo, viene a profundizar aún más la fractura Norte/Sur, no sin revelar la multiplicación de los «Sures» en el Norte (y, por si fuera poco, de los «Nortes» en el Sur). Hasta en su variante COVAX, el individualismo consumidor, tan preciado por los ordo-liberales, impide a los países «ricos» garantizar el mínimo de solidaridad, de responsabilidad y de acción colectiva necesario para combatir eficazmente el virus. La privatización del welfare, y particularmente de las políticas de salud pública, que no se lleva a cabo sin una colonización de las almas a través de toda una microingeniería de producción de subjetividad, reduce el cuidado de los cuerpos y de los vivientes a un proceso de rentabilidad que apunta en primer lugar a la creación de zonas f ancas.

De ahí la extrema dificultad de los países occidentales para salir de la pandemia. En efecto, ¿cómo podría la gobernanza neoliberal no ser completamente inoperante para desplegar una acción de servicio público digna de ese nombre cuando su propósito es desmantelar toda especie de welfare colectivo desde hace más de cincuenta años? En este marco, el «sálvese quien pueda» y el «mercado para todos» constituyen el obstáculo infranqueable para cualquier política ecológica real que busque hacer frente a la catástrofe del capitalismo. Los no humanos, que —como nos explican doctamente— debemos «cuidar», no se topan con las «libertades individuales», sino con los intereses del capitalismo «extractivo» y «cognitivo», con los grandes monopolios y los Estados que los sostienen.

Entonces, si el Norte hoy está amenazado por las propias políticas contrarrevolucionarias que garantizaron su dominación —y, en el sentido de una estrategia global, su «estado de excepción»—, hay que abstenerse de la idea de que «está esperando la guerra para transformarse en un gobierno de la destrucción de lo humano». Porque el individualismo posesivo del liberalismo, reciente o antiguo, no abraza la destrucción en la recta final de su carrera: para salir del enredo del «gobierno a través de la crisis», genocida y ecocida desde el principio, se funde con la gubernamentalización de la guerra en todas sus formas (coloniales y endocoloniales, neocoloniales y poscoloniales). Muy diferente de su avatar pacificado y «significante» planteado en los años ochenta por Laclau-Mouffe y los seguidores de los subaltern studies, el Gramsci revolucionario no está lejos de sugerirnos que esta sería incluso la condición de la inversión de la célebre fórmula clausewitziana ampliamente analizada en nuestro libro: si la guerra no es la continuación de la política por otros medios, si la política es, por el contrario, la continuación de la guerra por todos los medios, lo es en la medida en que no es la «guerra regular», sino la guerra colonial la que le dio su impulso a la «guerra total»[2] y la que no conoce la paz. Es la razón por la que Gramsci relacionaba la «lucha política», con toda su complejidad, no con la «guerra militar» (al estilo europeo o «westfaliano») ni con la paz que le pone fin «una vez que se alcanza el objetivo estratégico», sino con la «guerra colonial»: esta puede someter a los pueblos, pero no puede eliminar la resistencia ni impedir que «la lucha continúe» por todos los medios con el fin de invertir la situación.[3] Como buen revolucionario, Gramsci conserva en el texto el vocabulario de la guerra, es decir, deja abierta la cuestión de un enfrentamiento estratégico entre adversarios irreductible a las relaciones civilizadas entre gobernantes y gobernados: entonces, la «libertad» cambia de bando y se vuelve ingobernable. Ahora bien, la comparación que aquí intentamos establecer —contra el sentido común— entre lucha política y guerras coloniales o «guerras de conquista», ¿no adquiere una nueva actualidad en el Norte, con los actuales regímenes de «colonización interna» (o lo que, después de Virilio, hemos denominado «endocolonización»), en los que el conflicto social toma un giro racial entre la clase de los blancos y la de los «racializados» que ya no quieren ser los hijos e hijas de los «vencidos»?

También es evidente que la máquina de guerra Estado/Capital, cuya contrahistoria estamos elaborando, hace resurgir constantemente el principio reprimido del montaje que le dio inicio al intensificar, en todos los flancos, las guerras contra las «poblaciones». Hay que entender que se trata de una guerra de división «dentro de la población» (War amongst population, en buen inglés) y contra algunas poblaciones afectadas particularmente por la extensión del dominio de la contrainsurrección. El racismo colonial no se transforma en empresa neocolonial sin recurrir al arma estratégica de la «colonización interna», cuyo único modelo es el de la democracia racial estadounidense, modelo secular con el cual parecen alinearse hoy casi todos los Estados del Norte en el «tratamiento» de la «cuestión» de la migración. Recurrir para el análisis a la biopolítica foucaultiana será en este caso de poca utilidad, tanto por su incapacidad para pensar la relación con el disciplinamiento y la segregación «económica» de los cuerpos como por el hecho de que está atrapada en las funciones «reguladoras» de un arte de gobernar mediante «el juego de las normas» y es animada por la ficción «crítica» (en sentido kantiano) de una «autolimitación de la razón gubernamental» (¡!). Prisionera de la acción positiva de un capitalismo lavado, purificado y reducido al «mercado», a la «empresa», al «capital humano», a la «libre competencia», etc., la biopolítica difícilmente puede ayudarnos a pensar... lo que debe pensarse de/en la coexistencia sistemática del fascismo y de la democracia, del Estado de derecho y del Estado policial, de la norma y de la excepción, a la cual las poblaciones globalizadas están sometidas dentro de la lógica de una pacificación infinita que implica un intercambio desigual entre todos estos conceptos.

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Los síntomas del declive del capitalismo y de sus centros históricos pueden acumularse, pero sabemos que este no morirá por causas naturales. («Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo»). Con la nueva derrota político-militar de la alianza del Norte, surgen nuevas evidencias, más estratégicas.

El enfrentamiento organizado entre Este y Oeste, o «democracia» versus «comunismo», dejó en segundo plano la serie de acontecimientos que consideramos como la más destacada del siglo XX, que no fue el «siglo americano», sino el siglo de las revoluciones. Nunca antes en la historia de la humanidad se había experimentado una sucesión tan larga y casi continua de rupturas revolucionarias triunfantes, todas las cuales —después de la Revolución soviética— tuvieron lugar, sin excepción, en el Sur global. Estas revoluciones desafiaron abiertamente la división centro/periferias, trabajo abstracto en el Norte y trabajo vivo/gratuito en el Sur (pero trabajo doméstico en todas partes), sobre la cual se construyó el mercado mundial a partir de 1492. Sin duda, las revoluciones anticoloniales, consideradas desde la pluralidad de las guerras de clases que marcaron el siglo (capitalistas/obreros, hombres/mujeres, colonizadores/colonizados), son las que determinaron las rupturas más profundas, al menos en el sentido en que, evidentemente, dieron origen a lo que aquí estamos tratando. El vuelco en las relaciones de fuerza entre el Norte y el Sur se manifiesta en la imposibilidad de llevar adelante guerras «coloniales» triunfantes (Irak, Libia, Siria, Afganistán, etc.), así como en la persistencia y la fuerza de los flujos migratorios impulsados por modos de subjetivación que las revoluciones anticoloniales han sedimentado.

Pero el cambio más impactante es geopolítico y económico. La derrota afgana abre definitivamente la vía al poderoso ascenso de China, que indudablemente llevó adelante la guerra anticolonial más importante del siglo XX. Aun bajo la forma del «capitalismo político» de Estado («la economía socialista de mercado», como la llaman los chinos —¡un gran oxímoron!—), y aunque este represente el desenlace menos feliz para el siglo de las revoluciones, la inversión entre Norte y Sur, impensable hasta hace poco, está en marcha. Una inversión sumamente paradójica, ya que fue llevada a cabo con las mismas armas del capitalismo, y en el momento en que este atraviesa una larga agonía, propia de las convulsiones más letales. ¿Podrá el capitalismo sobrevivir a sí mismo y reproducirse —último subterfugio de la Historia— gracias a China? ¿O China se verá obligada a abandonar el modelo económico por el que optó a finales de los años setenta ante el riesgo de derrumbarse ella también con el capitalismo? Porque no podemos imaginar el modo en que la perspectiva manifiesta de un (muy relativo) welfare (absolutamente) autoritario y de un nuevo capitalismo de Estado «reverdecido» por su presencia en los mercados podría cambiar la situación. Es el capitalismo el que se ha vuelto objetivamente imposible a corto plazo: su racionalidad irracional ya no puede desplazar indefinidamente los «límites» de la vida y de quienes viven. Lo real del Capital es ahora lo imposible puesto en presente, o en el presentismo de nuestras vidas. Esto significa que el sentido constitutivo y ontológico de la «crisis» está detrás de nosotros, con todo el arsenal histórico-dialéctico de la vieja Europa (parafraseando a Hegel). Todo transcurre como si el futuro de la coexistencia de lo positivo y lo negativo en el terreno de la inmanencia, que debía llenarse liberando lo positivo (de las fuerzas productivas) de lo negativo (de las relaciones de producción), ya hubiera pasado. La teleología afirmacionista de la «tendencia» efectivamente pasó, con el «desarrollo» de otro tiempo, futuro pasado.

Después de haber ignorado durante mucho tiempo el alcance de las revoluciones del siglo XX a causa de su «tercermundismo» —que sin embargo atacaban de raíz las divisiones estructurantes del capitalismo— los «blancos» parecen ahora haber comprendido perfectamente, y sin retorno, de qué ...............................

 

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