INDICE


PARTE I

DESDE LA REVOLUCIÓN FRANCESA HASTA AUGUSTE COMTE

I. LA REACCIÓN TRADICIONAIJSTA A LA REVOLUCIÓN

II. LOS IDEÓLOGOS Y MAINE DE BlRAN. 

III. EL ECLECTICISMO 

IV. LA FILOSOFÍA SOCIAL EN FRANCIA

V. AUGUSTE COMTE 

PARTE II

DESDE AUGUSTE COMTE HASTA HENRI BERGSON

VI. EL POSITIVISMO EN FRANCIA

VII. NEOCRITICISMO E IDEALISMO 

VIII. EL MOVIMIENTO ESPIRITUALISTA

IX. HENRI BERGSON (I) 

X. HENRI BERGSON (II). 

PARTE III

DE BERGSON A SARTRE

XI. LA FILOSOFÍA Y LA APOLOGETICA CRISTIANA

XII. EL TOMISMO EN FRANCIA

XIII. FILOSOFÍA DE LA CIENCIA

XIV. FILOSOFÍA DE LOS VALORES, METAFÍSICA, PERSONALISMO

XV. DOS PENSADORES RELIGIOSOS.

XVI. EL EXISTENCIALISMO DE SARTRE (I). 

XVII. EL EXISTENCIALISMO DE SARTRE (II)

XVIII. LA FENOMENOLOGÍA DE MERLEAU-PONTY

BREVE BIBLIOGRAFÍA

ÍNDICE ONOMÁSTICO

ÍNDICE DE MATERIAS


 

PREFACIO

 

Con los volúmenes VII y VIII de esta obra pretendí en principio dar cuenta de la filosofía del siglo XJX en Alemania y en la Gran Bretaña respectivamente. El VII sí responde a este plan, pues acaba ocupándose de Nietzsche, que murió en 1900 y cuya actividad literaria pertenece por entero a aquel siglo. En cambio, el volumen VIII contiene tratamientos de G. E. Moore, de Bertrand Russell y del filósofo norteamericano John Dewey; los tres nacieron en el siglo XIX, y Dewey y Russell habían publicado ya antes de que empezara el XX, pero yendo éste muy avanzado todavía seguían los tres en activo. Russell vivía aún al publicarse el referido volumen, del que tuvo a bien hacer un comentario apreciativo en carta al autor. El presente volumen IX extrema esta tendencia a salirse de la limitación al pensamiento del siglo XIX. Originariamente pensé exponer en sus páginas la filosofía francesa producida desde la Revolución hasta la muerte de Henri Bergson. Pero, de hecho, incluye además un tratamiento bastante extenso de Jean-Paul Sartre, una exposición más breve de algunas de las ideas de Merleau-Ponty y unas cuantas anotaciones sobre el estructuralismo de Lévi-Strauss.

Este haber ampliado las explicaciones sobre la filosofía francesa posterior a la Revolución pasando a ocuparme de pensadores cuya actividad literaria se desarrolla ya en el siglo XX y algunos de los cuales todavía viven significa ni más ni menos que he sido incapaz de cumplir mi plan originario, que era tratar también en el presente volumen el pensamiento del siglo XIX en Italia, España y Rusia. He hecho referencia a algún que otro pensador belga, por ejemplo a Joseph Maréchal; pero, por lo demás, he centrado mi interés en Francia. Sería más exacto decir que me he ocupado de filósofos franceses que no de la filosofía en Francia. Así, Nikolai Berdiaef se avecindó en París en 1924 y ejerció una vigorosa actividad de escritor en suelo francés, pero considero impropio adjudicárselo a Francia, pues pertenece a la tradición religiosa del pensamiento ruso. Claro que quizás haya más razón para anexionar a Berdiaef a la filosofía francesa que la que habría para contar a Karl Marx entre los filósofos británicos por el hecho de que vivió sus últimos años en Londres y trabajó en el British Museum. Pero los escritores rusos que por el mismo tiempo vivían y escribían exiliados en Francia siguieron siendo pensadores rusos.

Dejando aparte a los extranjeros exiliados, Francia es de todos modos rica en escritores filosóficos, ya sean filósofos profesionales ya literatos cuyas obras puede decirse que tienen significación filosófica. Y a menos que el historiador se propusiera hacer una reseña completa, lo que equivaldría a poco más que una lista de nombres o requeriría varios tomos, le es imposible incluir a todos. Hay, desde luego, filósofos que evidentemente han de ser tenidos en cuenta en cualquier exposición de la filosofía francesa posterior a la Revolución. Por ejemplo, Maine de Biran, Auguste Comte y Henri Bergson. Es también obvio que al tratar de una determinada corriente del pensamiento hemos de referirnos por fuerza a sus principales representantes. Sea cual fuere la estima que se haga de los méritos de Victor Cousin como pensador, resultaría absurdo escribir sobre el eclecticismo en Francia sin decir algo acerca de su máximo exponente, en especial si se considera la posición que ocupó durante un tiempo en la vida académica de su país. Parecidamente, una exposición del neocriticismo implica el ocuparse algo del pensamiento de Renouvier. Pero aunque hay un número considerable de filósofos a los que puede con razón esperarse que el historiador de la filosofía los incluya aquí, ya por su interés intrínseco y su fama, contemporánea o postuma, ya por ser representantes de una determinada corriente de pensamiento, hay muchísimos otros entre los que se ha de hacer una selección. Y toda selección está expuesta, por muy diversos conceptos, a las críticas. Así, al hojear este volumen, algunos lectores acaso se inclinen a pensar que se ha otorgado a metafísicos e idealistas de los que se andan por las nubes un espacio que se habría dedicado más provechosamente a la filosofía de la educación o a la estética, o a un tratamiento más extenso de la filosofía social. Y si se ha de dar realce a un pensador religioso como Teilhard de Chardin, ¿por qué no se menciona aquí a Simone Weil, escritora de muy diferente tono, ciertamente, pero que ha tenido tantos lectores ? Asimismo, ya que en el volumen se da cabida al tratamiento no sólo de pensadores políticos franceses decimonónicos sino también de la versión del marxismo por Sartre, ¿cómo no se dice nada, por ejemplo, sobre Bertrand de Jouvenel y Raymond Aron?

En los casos de algunos filósofos tal vez merezca la pena advertir que su reputación e influencia en su propio país puede muy bien justificar su inclusión, a pesar de que en países de diferente tradición filosófica sean poco conocidos o leídos. El lector desea presumiblemente que se le diga algo de pensadores que han gozado de cierta notoriedad en Francia, aunque en Inglaterra casi se les desconozca. Precisamente el que sus nombres resulten poco conocidos en Inglaterra podría aducirse como excelente razón para incluirlos. El pensamiento de Louis Lavelle, por ejemplo, le habría dejado sin duda perplejo a G. E. Moore, y difícilmente le habría parecido meritorio a J. L. Austin. Pero no hay mayor razón para omitir a Lavelle al estudiar la filosofía francesa más reciente que la que vendría a ser, para excluir el nombre de Austin de una exposición del pensamiento filosófico actual en la Gran Bretaña, la escasa simpatía que es probable que muchos filósofos franceses sentirían respecto a la preocupación de J. L. Austin por el lenguaje ordinario.

Al mismo tiempo he de reconocer que hay vacíos o ausencias en el presente volumen. Ello se debe en parte, naturalmente, a consideraciones de espacio. Pero la honradez me exige añadir que también se debe a las circunstancias en que ha sido escrito este volumen. Si uno es director de un Colegio de la Universidad de Londres, el tiempo de que dispone para leer e investigar es inevitablemente muy limitado, y para escribir ha de emplear los ratos Ubres sueltos. De ahí que haya tendido, sin duda, a escribir sobre filósofos de los que ya tenía buen conocimiento, y que haya omitido a pensadores que muy bien pudieran haberse incluido. Esto cabía considerarlo como una razón muy seria para posponer la terminación de la obra. Pero, según he indicado ya, es mi deseo emplear el tiempo que el retiro ponga a mi disposición en redactar otro volumen bastante diferente de éste.

Aun después de haber decidido, para bien o para mal, sobre qué filósofos.......................
 

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