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Recuerdos sobre Lenin[1](Clara Zetkin)

 

 

 

En estas horas de amargura en las que nos agobia un profundo sentimiento de dolor, cuando comprendemos que hemos perdido un ser insustituible, se agiganta pletórico de vida en nuestra mente un luminoso recuerdo, que, como el fulgor del relámpago, nos descubre en el gran jefe al gran hombre[2]. En la figura de Lenin se funden armónicamente la grandeza del jefe y de la persona. Gracias a esta peculiaridad, la personalidad de Lenin ha enraizado para siempre en el inmenso corazón del proletariado mundial, y esto es lo que Marx denominaba el glorioso destino del combatiente por el comunismo. Pues los trabajadores, lodos los sacrificados a las riquezas, todos los que no conocen la falsedad convencional y la hipocresía del mundo burgués captan con fino instinto la diferencia entre lo veraz y lo falso, entre la grandeza modesta y la presunción enfática, entre el cariño ferviente hacia ellos y la busca de popularidad, reflejo sólo de una vanidad fútil.

Yo considero un deber el compartir con todos los retazos del tesoro de mis recuerdos personales acerca del inolvidable jefe y amigo. Este es un deber con respecto a Vladímir Ilich. Es un deber hacia todos, a los cuales entregó plenamente su actividad: los proletarios, los trabajadores, los explotados y los oprimidos de todo el mundo, a los que abarcó su corazón amante y a los que su arrogante pensamiento consideraba como luchadores revolucionarios y creadores de un régimen social más elevado.

Después del estallido de la revolución rusa, que hizo estremecer a todo el mundo, me encontré por primera vez con Lenin a comienzos de otoño del año 1920. Fue esto inmediatamente de mi llegada a Moscú, en una reunión de partido celebrada, si bien recuerdo, en la sala Sverdlov del Kremlin. Me pareció que Lenin no había cambiado nada, casi no había envejecido. Incluso podría haber jurado que vestía la misma modesta y cuidadosamente limpia chaqueta, con la que le había visto en 1907 en nuestro primer encuentro en Stuttgart, en el Congreso mundial de la II Internacional,[3]Rosa Luxemburgo[4], cuyo preciso ojo de artista se distinguía por saber apreciar todo lo característico, llamó entonces mi atención hacia Lenin con las siguientes palabras: "Observa bien a esa persona. Es Lenin. Fíjate en su cráneo, cuanto tesón y voluntad denota".

Tanto en su conducta como en sus intervenciones, Lenin continuaba siendo el mismo. Los debates fueron en algunos momentos muy vivos e incluso acalorados. Al igual que antes, durante los congresos de la II Internacional, Lenin mostraba una atención extraordinaria por la marcha de los debates y un gran dominio de sí mismo y serenidad, en los que se notaban concentración interna, energía y elasticidad. Esto lo demostraban sus exclamaciones, observaciones aisladas y los discursos que pronunciaba cuando tomaba la palabra. Parecía como si de su sagaz mirada y clara inteligencia no pudiera escapar nada digno de atención. En aquella reunión me saltó a la vista, como me ocurrió más tarde siempre, el rasgo más característico de Lenin: su sencillez y cordialidad, la naturalidad en su trato con todos los camaradas. Hablo de "naturalidad" porque saqué la impresión absoluta de que este hombre no podía comportarse de manera diferente a la que se comportaba. Sus relaciones con los camaradas eran una expresión natural de todo lo que sentía en su fuero interno.

Lenin era el jefe indiscutible del partido que se había lanzado conscientemente a la lucha por el poder, indicando los objetivos y el camino al proletariado y al campesinado rusos, y que, investido de su confianza, dirige el país y ejerce la dictadura del proletariado. Lenin era el dirigente del gran país que se ha convertido en el primer Estado proletario del mundo. Su pensamiento y su voluntad vivían también en millones de personas fuera de los límites de la Unión Soviética. Su criterio sobre cualquier problema era decisivo en el país, su nombre era símbolo de esperanza y de liberación en todas partes donde existen opresión y esclavitud.

"El camarada Lenin nos conduce al comunismo. Por difícil que nos sea, lo soportaremos todo" —declaraban los obreros rusos, que, con la vista puesta en el reinado ideal de la más alta sociedad humana, pasando hambre y frío, corrían a los frentes o hacían extraordinarios esfuerzos para, venciendo dificultades increíbles, restablecer la vida económica del país.

"No tenemos por qué temer el que vuelvan los latifundistas y nos quiten la tierra. llich y los bolcheviques acudirán en nuestra ayuda con los soldados rojos" —reflexionaban los campesinos, a los que se había satisfecho su necesidad de tierra. "¡Viva Lenin!" era un cartel que ornaba frecuentemente los muros de muchas iglesias en Italia: ésta era la manifestación del asombro entusiasta de cualquier proletario que, en la revolución rusa, saludaba a su propia liberadora. Tanto en América como en Japón y en la India, en torno al nombre de Lenin se agrupaban todos los que se sublevaban contra el poder de los poseedores.

¡Qué sencilla y modesta fue la intervención de Lenin, que tenía ya tras sí la gigantesca obra histórica realizada por él, y sobre quien recaía el colosal peso de la confianza ilimitada, la más grande responsabilidad y un trabajo incesante! Lenin se fundía por completo en la masa de los camaradas, era homogéneo con ella, uno de tantos. No quería, ni con un gesto ni con la expresión del rostro, ejercer presión en calidad de "personalidad dirigente". Un tal método le era en absoluto ajeno a él, cuya personalidad era verdaderamente relevante. Los correos traían sin cesar comunicados de las distintas instituciones militares y civiles, a los que él daba con frecuencia respuesta allí mismo en unas líneas rápidamente trazadas. Lenin tenía para cualquiera una sonrisa amistosa y una inclinación de cabeza, lo que provocaba siempre como respuesta una alegre expresión en el rostro de aquel a quien estaban dirigidas. De tiempo en tiempo, durante las sesiones, sin llamar la atención de nadie, hablaba de diversos problemas con unos u otros camaradas responsables. En los intervalos entre las sesiones Lenin tenía que aguantar un verdadero asalto: lo asediaban por todos lados los camaradas, hombres y mujeres, petersburgueses y moscovitas, personas de los más diferentes centros del movimiento. Lo rodeaban particularmente muchos camaradas jóvenes: "Vladímir llich, por favor"... "Camarada Lenin, no debe usted negarse"... "Nosotros sabemos bien que usted ... pero"... De esta manera caía sobre él una granizada de peticiones, demandas y proposiciones.

Lenin escuchaba y respondía a todos con inagotable yconmovedora paciencia. Escuchaba atentamente y estaba siempre dispuesto a prestar ayuda en el trabajo de partido o en la aflicción personal. Viendo corno se comportaba con la juventud, se alegraba el corazón: era una relación de pura camaradería, libre de toda sombra de pedantería, de tono preceptivo o altanería, dictada por que su edad madura pudiera representar por sí sola cualquier incomparable ventaja o virtud.

Lenin se comportaba como se comporta el igual entre los iguales, a los que está vinculado con tocias las fibras de su corazón. En él no había ni la menor huella de "hombre de poder", su autoridad en el partido era la autoridad del dirigente ideal y camarada ante cuya superioridad se inclinan, conscientes de que él siempre comprende y, a su vez, quiere ser comprendido. No sin amargura, comparaba yo la atmósfera que rodeaba a Lenin con la gravedad enfática de los "bonzos del partido" de la socialdemocracia alemana. Y me parecía completamente absurda la cursilería con que el socialdemócrata Ebert, en calidad de "señor Presidente de la República Alemana", se esforzaba por copiar a la burguesía "en todos sus hábitos y maneras", perdiendo todo el sentido de la dignidad humana. Claro está, estos señores no fueron nunca tan "insensatos y temerarios" como Lenin para "pretender hacer la revolución". Y, bajo su custodia, la burguesía puede, por tanto, dormir mucho más tranquila que en los tiempos de los treinta y cinco monarcas de la época de Enrique Heine: dormir, hasta que por fin del torrente históricamente fraguado y necesario no se desborde también la revolución y atruene a esta sociedad: "¡Cuidado!"

*

Durante mi primera visita a la familia de Lenin se profundizó aún más la impresión que me causó en la conferencia del partido y se fue consolidando después de varias conversaciones con él. Lenin vivía en el Kremlin. Antes de llegar a su residencia fue preciso pasar por varios puestos de guardia: las precauciones se explican por los incesantes atentados de que los jefes de la revolución eran objeto en aquel entonces por parte de los terroristas contrarrevolucionarios. Cuando era necesario, Lenin recibía en los magníficos aposentos estatales. Mas su vivienda particular se distinguía por una extrema sencillez y modestia. Yo he frecuentado viviendas de obreros más ricamente amuebladas que el apartamiento del "omnipotente dictador moscovita".

Hallé en la casa a la esposa y la hermana[5]de Lenin, estaban cenando y, de la manera más cordial, me invitaron inmediatamente a acompañarlas a la mesa. Era la modesta cena de cualquier empleado medio soviético de aquellos tiempos: té, pan negro, mantequilla y queso. La hermana hubo de buscar luego, "en honor de la huésped", si había algo "dulce" y, por suerte, encontró un pequeño tarro de confitura. Como es sabido, los campesinos abastecían en abundancia a "su Ilich" de harina blanca, tocino, huevos, fruta, etc., pero también se sabe que de esto no quedaba nada en casa de Lenin. Todo se enviaba a los hospitales y refugios infantiles, ya que la familia de Lenin mantenía rígidamente el principio de vivir en las mismas condiciones que las masas trabajadoras.

No había visto a Krúpskaya, la esposa de Lenin, desde marzo de 1915, cuando se celebró la conferencia socialista femenina internacional en Berna[6]. Su simpático rostro con ojos tiernos y benévolos mostraba las huellas imborrables de la traidora enfermedad que la consumía. Mas, a excepción de esta circunstancia, continuaba siendo la misma, o sea, la encarnación de la franqueza, de la sencillez y de una modestia netamente puritana. Con sus lisos cabellos peinados hacia atrás, recogidos en la nuca en un sencillo moño, y su modesto vestido, daba la impresión de ser la extenuada esposa de un obrero, eternamente preocupada por la idea de cómo llegar, cómo no perder tiempo. "La primera mujer del gran Estado ruso" —de acuerdo con el concepto y la terminología burgueses— Krúpskaya es, sin discusión, la primera por su fidelidad a la causa de los oprimidos y desheredados. La unió con Lenin la más sincera comunidad de criterio sobre el objetivo y el sentido de la vida. Era la mano derecha de Lenin, su principal y mejor secretaria, su más convencido camarada ideológico, la más fiel intérprete de sus puntos de vista, igualmente infatigable en cuanto a la recluta, con tacto e inteligencia, de amigos y partidarios, como en Jo referente a propagar sus ideas en los medios obreros. Además de esto, ella tenía su propia esfera especial de actividades a la que se entregaba con toda el alma: la labor de instrucción pública y educación.

Sería ofensivo y ridículo suponer que Krúpskaya desempeñaba en el Kremlin el papel de "esposa de Lenin". Ella trabajaba, compartía sus afanes y se preocupaba por él como lo había hecho toda la vida, como lo hacía cuando les separaban al uno del otro las condiciones de vida en la clandestinidad y la más bárbara represión. Con verdadera solicitud maternal (hay que decir que la hermana de Lenin la ayudaba en esto cariñosamente) transformaba el alojamiento de Lenin en el "hogar materno" en el más noble sentido de la palabra. No, naturalmente, en el sentido pequeñoburgués alemán, sino en el sentido de la atmósfera espiritual que· 1o llenaba, que no era más que el reflejo de las relaciones que unían entre sí a las personas que vivían y trabajaban allí. Se sacaba la impresión de que en estas relaciones se mantenía todo exclusivamente en el tono de la verdad, sinceridad, comprensión y cordialidad. A pesar de que hasta entonces yo conocía poco personalmente a Krúpskaya, me sentí inmediatamente en su compañía y bajo su cordial solicitud como si estuviera en mi casa. Cuando llegó Lenin y, cuando poco después, apareció un gato grande, que fue saludado alegremente por toda la familia y saltó a los hombros del "terrible jefe de los terroristas" para luego ir a enrollarse cómodamente en sus rodillas, yo tenía la impresión de que me encontraba en mi casa o en la de Rosa Luxemburgo, con su gato "Mimi" que todos sus amigos recordamos.

Cuando llegó Lenin, nosotras, tres mujeres, charlábamos acerca del arte, la enseñanza y la educación. En aquel preciso instante expresaba yo mi admiración y asombro ante la titánica labor cultural, única en su género, que desplegaban los bolcheviques, ante el florecimiento de las fuerzas creadoras del país, que se afanaban por abrir nuevos caminos al arte y a la educación. Al hablar de esto, no oculté mi impresión de que podía observarse con bastante frecuencia mucha inseguridad y vagos tanteos, muchos pasos experimentales, y que al lado de apasionadas búsquedas de un nuevo contenido, de nuevas formas y nuevos caminos, en la vida cultural se veían a veces un afán de "originalidad" artificial y la imitación de los patrones de Occidente. Lenin terció muy vivamente en la conversación, diciendo:

— El despertar de nuevas fuerzas y su empeño por crear en la Rusia Soviética un arte y una cultura nuevos es un fenómeno positivo, muy positivo. El impetuoso ritmo de su desarrollo es comprensible y provechoso. Debemos recuperar lo perdido en el transcurso de siglos, y queremos hacerlo. La efervescencia caótica, la búsqueda febril de nuevas consignas, las consignas que hoy cantan "hosanna" a determinadas tendencias en el arle y en la esfera del pensamiento y que mañana claman "¡crucificadle!", es cosa inevitable.

— La revolución pone en libertad todas las fuerzas antes aherrojadas y las impulsa, de lo hondo, a la superficie de la vida. Pondré un ejemplo de los muchos que hay. Piensen en la influencia que ejercieron en el desarrollo de nuestra pintura, escultura y arquitectura las modas y los caprichos de la corte de los zares, así como los gustos y los antojos de los señores aristócratas y de la burguesía. En la sociedad basada en la propiedad privada, el artista produce mercancías para el mercado, necesita compradores. Nuestra revolución ha liberado a los artistas del yugo de esas condiciones tan prosaicas. Ha hecho del Estado soviético su defensor y cliente. Todo artista, todo el que se considera artista, tiene derecho a crear libremente según su ideal, sin depender de nada.

— Pero, naturalmente, nosotros somos comunistas. No debemos permanecer cruzados de brazos y dejar que el caos se desarrolle v marche por donde quiera. Debemos dirigir, muy planificadamente, ese proceso y formar sus resultados. Estamos aún lejos de eso, muy lejos. Creo que nosotros tenemos también nuestros profesores Karlstadt[7]. Somos excesivamente "iconoclastas en la pintura". llay que conservar lo bello, tomarlo como modelo, partir de ello, aunque sea "viejo". ¿Por qué debemos volver la espalda a lo verdaderamente bello, renunciar a ello como punto de partida para el futuro desarrollo por el mero hecho de que es "viejo"? ¿Por qué debemos adorar lo nuevo como a una deidad a la que hay que someterse por el mero hecho de que es "nuevo"?

¡Eso es una insensatez, una insensatez absoluta! Hay en eso mucha hipocresía y, naturalmente, mucho respeto inconsciente a la moda artística que impera en Occidente. Somos buenos revolucionarios, pero, no sé por qué, nos sentimos obligados a demostrar que también estamos "a la altura de la cultura moderna". Yo me atrevo a declararme "bárbaro". Yo no puedo considerar manifestaciones supremas del genio artístico las obras del expresionismo, el futurismo, el cubismo y demás "ismos". No las comprendo. Y no me proporcionan el menor placer.

Yo no pude contenerme y confesé que a mí me faltaba también un órgano perceptivo que me permitiera comprender por qué debían ser expresión artística de una alma inspirada triángulos en vez de narices y por qué el af án de actividad revolucionario debía convertir el cuerpo del hombre, en el que los órganos se conjugaban formando un todo único y complejo, en un blando y amorfo saco puesto sobre dos zancos, con dos tenedores de cinco púas cada uno.

Lenin me respondió, riendo a carcajadas:

— Sí, querida Clara, ¿qué se le va a hacer?, los dos somos viejos. A nosotros nos basta con que, por lo menos, seguimos siendo jóvenes en la revolución y nos encontramos en las primeras filas. No podemos llevar el paso del nuevo arle, iremos renqueando a la zaga.

— Pero lo importante no es —continuó Lenin— la opinión que nosotros tengamos del arte. Ni lo que el arle dé a unos cientos o a unos millares de los habitantes del país, que son millones. El arte pertenece al pueblo. Y debe tener sus raíces más profundas en la entraña misma de las vastas masas trabajadoras. Debe ser comprensible para esas masas y amado por ellas. Debe unir los sentimientos, el pensar y la voluntad de las masas y elevar a éstas. Debe despertar a los artistas en ellas y desarrollarlas. ¿Debemos ofrecer a una pequeña minoría dulces y refinados bizcochos, cuando las masas obreras y campesinas necesitan pan negro? Comprendo esto, de su peso se cae, no sólo en el sentido literal, sino también en el figurado: debemos tener siempre presentes a los obreros y los campesinos. En aras de ellos debemos aprender a gobernar la economía y a contar. Lo mismo puede decirse de la esfera del arte y la cultura.

— Para que el arte pueda acercarse al pueblo y el pueblo al arte, debemos, en primer término, elevar el nivel de instrucción general y de cultura. ¿Cuál es la situación? A usted le admira la colosal labor cultural que hemos realizado desde que subimos al poder. Naturalmente, podemos decir, sin jactarnos, que en ese aspecto hemos hecho mucho, muchísimo. No sólo hemos "cortado cabezas", como dicen, acusándonos, los mencheviques de todos los países, y en su patria de usted Kautsky[8], sino que también hemos ilustrado cabezas; hemos ilustrado muchas cabezas. Sin embargo, "muchas" en comparación con el pasado, en comparación con los pecados de las clases y camarillas entonces dominantes. La sed de instrucción y de cultura de los obreros y los campesinos, esa sed que nosotros hemos despertado y atizado, es infinita. Y no sólo en Petrogrado y en Moscú, en los centros industriales, sino incluso lejos de ellos,

 

[1]Escrito en enero del año 1924.

[2]V. l. Lenin falleció el 21 de enero de 1924 a las 18 horas y 50 minutos.

[3]Se refiere al VII Congreso de la II Internacional, celebrado del 18 al 24 de agosto de 1907.

[4]Rosa Luxemburgo (Junius) (1871­1919}: destacada personalidad del movimiento obrero polaco y alemán, uno de los líderes del ala izquierda de la II Internacional y del Partido Comunista de Alemania. El 15 de enero de 1919 fue detenida y bárbaramente asesinada.

[5]Se refiere a N. K. Krúpskaya (1869­1939), esposa y colaboradora de V. l. Lenin, y la hermana menor de éste M. I. Uliánova (1878­1937), secretaria de la redacción de Pravda.

[6]Entre los organizadores de esta conferencia se hallaban C. Zetkin, N. K. Krúpskaya e l. F. Armand.

[7]Karlstadt (1480­1541): destacada personalidad de la Reforma.

[8]C. Kautsky: uno de los líderes de la socialdemocracia alemana y de la II Internacional. Primero fue marxista y luego, renegado del marxismo, ideólogo del centrismo, la más peligrosa variedad del oportunismo.

 

 

 

 

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